3ª jornada: 21 y 22 mayo 2007

Si perdemos el sentido de lo auténtico jamás haremos una verdadera arquitectura de los sentidos. La teoría de la autenticidad en la arquitectura, el diseño y el hotel del futuro, expuesta por el editor de la revista Experimenta, Pier Luigi Cattermole, centró el debate de la tercera Jornada de Arquitectura Hotelera celebrada el pasado 21 de mayo en mi residencia particular del norte de Palencia. Como viene siendo habitual, mes a mes, una selecta representación de establecimientos hoteleros procedentes de los cuatro puntos cardinales de la Península y de Canarias se entregó en cuerpo y alma a analizar las perspectivas del movimiento de viajeros durante los próximos diez años y su influencia sobre el diseño de hoteles.
Lo auténtico es lo que emociona. Incluso sin salirse del guión de la hotelería convencional, sin espectáculo mediático ni ditirambos experimentales. Vivir una experiencia puede venir dado por la puesta en escena que se pretenda en el hotel o, simplemente, por la autenticidad manifiesta del lugar. No todas las escenografías sugeridas por esta arquitectura de los sentidos son buenas. El riesgo que se corre a veces es convertir el escenario en un parque temático, de cartón piedra, efímero y falso. «La calidad del espacio se puede medir. Es tangible y emocionante. Por tanto, reivindico el valor de lo auténtico sobre la teatralidad propuesta en algunos foros hoteleros», apostilló el italiano Cattermole.
En esta ocasión, los asistentes a la Jornada de Arquitectura Hotelera representaban mayoritariamente el segmento de los pequeños hoteles de interior que revolucionado el concepto de encanto en España. Desde la isla de Gran Canaria llegaron Magüi Carratalá, propietaria del hotel rural Las Calas, y Raúl Alexandro, director del patronato de turismo Gran Canaria Natural; ambos prometieron repetir en alguna próxima Jornada por la oportunidad que tuvieron de entablar contactos con empresarios afines y sensibles a los retos que se presentan en el turismo internacional. De Extremadura procedía el polifacético Carlos Tristancho que, además de actor, director de cine y ex director del Festival de Teatro de Mérida, regenta junto a su mujer, Lucía Dominguín, el hotel Monasterio de Rocamador; también promueve algunas iniciativas de recuperación de las artesanías locales bajo la marca País de Quercus, invierte en la producción de patas negras criados en montanera con bellota y está a punto de inaugurar el primer hotel de su franquicia La Comarcal, en La Parra (Badajoz), con el objetivo de poner en valor el trabajo de las abuelas en la cocina de los pueblos y abastecer a los huéspedes de productos naturales de cada comarca. Le acompañaba Javier Pérez Aznar, un empresario que ha hecho fortuna con la producción de chips para telefonía móvil y muy interesado actualmente en inversiones hoteleras con cierto gusto por la arquitectura y el entorno monumental de la España interior. De Cataluña llegaron Antonio Ferrer y su mujer, Teresa Escayola, dueños de l'Odissea de l'Empordà, cerca de Girona, conocido por su excelente cocina y por las dimensiones de sus habitaciones: unos 100 metros cuadrados de media…; y también Jaime Tormo, acompañado igualmente por su esposa, propietarios del Hotel de Tredòs, uno de los mejores establecimientos del valle de Arán, cerca de las pistas de Baqueira. Elia Albert posee un hotelito lleno de esencias arquitectónicas en el casco urbano de Altea, con vistas al mar y al pleno disfrute de los sentidos: se enamoró la que más de La Ruina Habitada. A mil kilómetros de distancia, Javier Álvarez y su mujer Sandra aparecieron con la idea preconcebida de ampliar su Palacio de Cutre, entre los verdes prados de Asturias, con un centro de convenciones inspirado en la arquitectura kitsch de Santillana del Mar; después de la jornada de reflexión y el intercambio de opiniones entre los asistentes se lo pensarán dos veces antes de afrontar un remedo arquitectónico así. De la cornisa cantábrica también aterrizó Víctor Alza, propietario del hotel Obispo, en Hondarribia/Fuenterrabía, quien tuvo su primera experiencia con la Arquitectura de los Sentidos el día que participó como socio en la puesta en marcha del hotel Jaizkibel, en la misma localidad, con diseño del arquitecto Ángel de la Hoz. A media hora de mi residencia palentina se encuentra el Parador de Cervera de Pisuerga, cuyo director, Pepe Menguiano, se mostró muy interesado desde el primer momento en asistir a esta Jornada. Lo acompaño el responsable de la Asociación por el Desarrollo de la Montaña Palentina, Miguel Ángel Vélez. En comandita con Begoña Moral, alma de El Convento de Mave y ponente habitual en estas jornadas, la propietaria de la Posada de Esquiladores (San Esteban del Valle, Ávila) obsequió a los participantes en la mañana del martes con una experiencia sensorial denominada Desayuno en Tres Colores. La tertulia contó igualmente con la presencia de Ana y Pier Luigi Cattermole, editores de la revista de arquitectura y diseño Experimenta, quienes ilustraron a los presentes con las tendencias actuales en los cinco continentes. Y repitió, como siempre, el arquitecto Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada, la casa de un servidor.
Lo auténtico no es el motor de la hospitalidad, pero sí su esencia. Como el teatro esencial, que nos descubre la verdad de la vida. «El hotel vende sueño, no camas. Lejos del protocolo habitual de la hospitalidad, el arte de recibir consiste también en representar una obra teatral, en concebir espacios únicos para poder contar una historia única», sentenció en un momento Carlos Tristancho. La obra no se acaba en el edificio. Después hay que construir el edificio humano, la estructura argumental del servicio. El hedonismo creciente de los viajeros determina un modo diferente de percibir, entender, sentir y moverse por las instalaciones hoteleras, por lo que parece imprescindible cambiar el protocolo con el que el huésped actúa en su espacio. Ello supone un avance en el pensamiento, más allá de la ética y la estética, una inmersión en el campo de la psicología. Hablamos de experiencias sensoriales, de códigos de comportamientos, de protocolos de entendimiento. Hablamos de sentidos.
«¿Acaso no se puede copiar el estilo barroco para construir un hotel?», inquirieron el matrimonio Javier Álvarez/Sandra Iglesias. El debate para la próxima Jornada estaba servido… Sobre gustos hay mucho escrito, pero ¿no será que hay muy poco leído?
Copiar no es la mejor manera de interpretar lo auténtico. Innovar tampoco, pero al menos permite bucear en el fondo de las cosas e investigar en sus matices más profundos. En esos cantiles reside, sí, la autenticidad.
¿No es auténtica la orfebrería de los detalles en la ampliación de El Convento de Mave, donde cada ángulo y cada arista de las nuevas habitaciones están minuciosamente estudiadas y diseñadas con todo respeto hacia la naturaleza de los materiales. El recorrido de la luz, la verticalidad del sueño, la transparencia del espacio… Todo está pensado para convertir al huésped en el dueño de sus sueños. O el recurso lúdico del atril que brotará en un punto del recorrido imaginado para la nueva no-recepción, señalizado con una chapa continua y un hilo de luz en el proyecto arquitectónico de Jesús Castillo Oli.
De la teoría a la práctica, el Desayuno en Tres Colores ofrecido por Begoña Moral y Almudena García Drake abrió un campo para la experimentación en algo tan dificultoso –y polémico por mi parte– como la primera colación del día. Con esta propuesta de laboratorio, el Aula del Desayuno invita desde ahora a hoteleros y restauradores a promover un protocolo diferente de desayuno en el hotel. La puesta en escena, auténtica claro que sí, no tuvo desperdicio. Los comensales fuimos recibidos desde un pasillo fragante de pan recién hecho. Primer sentido: el olfato. En la entrada a la sala se nos obsequió con una minuta enrollada e impresa en los tres colores anunciados.
Naranjas. Una vez sentados, el servicio fue esparciendo por la mesa naranjas de la china. Las camareras lucían en sus vestidos un pañuelo de ese color. Segundo sentido: la vista. Sobre una bandeja decorada para la ocasión, presentados en platillos de diseño, el orden visual imponía el protocolo de la libación. Un tubito con zumo de naranjas recién exprimidas. Una brocheta de zanahoria. Una espuma de mandarina con yogur de mango y melocotón. Salmón marinado sobre panecillos.
Rojos. Esta vez, el servicio se enjaezó con un detalle de esta tonalidad en su equipación, mientras derramaba pétalos de rosas rojas a lo largo de la mesa. Cambio de decorado y de bandejas. Ensalada de frutas rojas, básicamente sandías, cerezas y fresas. Un cuenco de tomate natural. Una tosta de jamón ibérico. Y, para desengrasar, una bebida antioxidante de uvas, grosellas y ciruelas con piña. Excesivamente dulce para mi paladar, pero delicadamente femenina. Tercer sentido: el gusto.
Tostados. Anunciado en la minuta para estimular el intelecto y fortalecer la relación cuerpo-espíritu. De nuevo, entrada vaporosa de las camareras y sembradura de la mesa con granos de café. Un juego, un travelling ornamental. Y un nudo marrón prendido de sus solapas. Snack de chocolate. Café Nespresso en cápsulas escogidas por cada comensal. Tostas de pan de hogaza. Galletas tostadas Gullón, denominación de origen Aguilar de Campoo. Y como colofón… Un globo y una aguja. Cuarto sentido: el tacto. Explosión controlada, todos al unísono. Nube olfativa de esencia de galletas, el aroma de Aguilar.
Tres colores y cinco sentidos para un desayuno amenizado de principio a fin por una selección musical ad hoc creada por Tito Linaje, amigo de la casa y ambientador sonoro de hoteles. Quinto sentido: el oído.
En el futuro, la hotelería española estará obligada a satisfacer los deseos matinales de sus clientes con algo más que el actual trámite de desayuno. Como aportación programática no está de más organizar estas Jornadas de Arquitectura Hotelera, cuya próxima edición tendrá lugar en La Ruina Habitada el próximo 25 de junio.
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