4ª jornada: 25 y 26 junio 2007



La liturgia de la recepción convierte el acto de recibir en el arte de recibir. Así, el espacio tradicional donde los viajeros se citan con su anfitrión, registran sus credenciales, husmean lo que está por suceder en el hotel y asimilan las instrucciones pertinentes para el buen gobierno de su estancia pierde su carácter y adquiere uno nuevo más poético, consustancial a la nueva manera de viajar y vivir. ¿Por qué entonces cumplir con el protocolo habitual de la hospitalidad en un espacio tan poco hospitalario como el mostrador de recepción de un hotel? ¿Por qué no oficiar el recibimiento en un altar devocionario, sentados en una mesa o de pie en umbráculo de transición, o en el garaje donde se guarda el coche, o quizá en la propia habitación del huésped previamente adjudicada y visualizada a través de Internet a la hora de formalizar su reserva? La no recepción, o la recepción no convencional, es el nuevo umbral de entrada a la Arquitectura de los Sentidos.

Estas reflexiones centraron el debate de la cuarta Jornada de Arquitectura Hotelera celebrada el pasado 25 de junio en mi residencia particular de Porquera de los Infantes, Palencia. Desde el mes de marzo venimos celebrando una entretenida tertulia en La Ruina Habitada este servidor y una selecta representación de establecimientos hoteleros procedentes de toda España con el objetivo de anticipar tendencias y analizar los deseos de los viajeros durante los próximos diez años y su influencia sobre el diseño de hoteles.

En esta ocasión, los asistentes representaban mayoritariamente el segmento de los pequeños hoteles radicados en el medio rural que participan directa o indirectamente en las actividades agropecuarias, vitivinícolas o de multiaventura existentes en su entorno. Desde el Pirineo aragonés aterrizó mi tocayo Fernando Iranzo, empresario animoso y propietario del hotel Santa Cristina, entre Canfranc y el puerto de Somport, edificado junto a las ruinas de un antiguo albergue de peregrinos que sirvió durante siglos a acuartelar la fatiga de quienes emprendían desde estas cumbres el Camino de Santiago; su proyecto de acondicionar un fortín militar centenario en la otra ladera del valle y convertirlo probablemente en un chill out de montaña para ocasiones especiales suma argumentos a la exigencia de una Arquitectura de los Sentidos por parte de quienes consideran el hotel como un destino turístico en sí mismo. Del oriente de Asturias, concretamente del desfiladero de La Hermida, llegaron Gregorio Sánchez y Guadalupe González, dueños sentidos de la Casona de Alevia; nada más visitar La Ruina Habitada se animaron a establecer un nuevo concepto de alojamiento rural en el proyecto de ampliación de su negocio con la asesoría artística del arquitecto Jesús Castillo Oli, presente como es habitual en estas jornadas de reflexión hotelera. Quienes sí han tenido claro desde el principio que la ampliación de su Casa de los Acacio, en la provincia de Cuenca, deberá seguir las pautas de la Arquitectura de los Sentidos –en un momento se llegó a afirmar que era como seguir las pautas del feng sui– han sido Miguel Ángel Esteve y su esposa Paloma Martínez-Acacio de Garnica, que oficia en los fogones de la casa con verdadero arte y afición; en las próximas semanas determinarán las bases conceptuales, técnicas y estéticas de su nuevo proyecto. Darío Martínez, propietario de la Casa Palacio Conde de la Corte, en Zafra, ha contado con una amplia experiencia previa en el desarrollo del primer negocio de su familia, el hotel Huerta Honda, en la misma localidad; su asistencia estaba alimentada por un deseo quizá insatisfecho de comprender las claves conceptuales de la nueva Arquitectura de los Sentidos que se propone para los hoteles singulares; los suyos lo son, y ahora las conclusiones de esta Jornada le obligará a reflexionar sobre la dialéctica arquitectura-decoración, analizada por el arquitecto Adolf Loos en su opúsculo Ornamento y Delito, que revolucionó el canon de la abstracción estética a principios del siglo XX. Varios siglos antes, el castillo de Peñafiel hizo sombra a pesar de su aspecto pelado a cuanto se movía por la Ribera del Duero. Ríos de buen vino fluyen ahora por sus orillas, tachonadas de bodegas como Protos que, proyecto arquitectónico inminente en manos de Richard Rogers, tiene como socios privilegiados a Juan José Dávila y Pilar Escribano; ambos debatieron sobre la Ruina Habitada con el crédito de su estrenado hotel Lavida, orientado a la enología y al descanso, en la localidad vallisoletana de Aldeayuso. Frente a la hoz del río Duratón, en la localidad segoviana de Sepúlveda, José Luis Tovar y Gaby regentan la Posada del Duratón, volcada hacia los sentidos que alimentan un corazón joven entregado al turismo activo; para ellos, la arquitectura es la expresión de la naturaleza que brota y pervive, salvaje, a su alrededor. El glamour lo puso María Díez de Bustamante, propietaria del complejo turístico Santa Eufemia de Cozuelos, en la provincia de Palencia, dedicado por ahora a los menesteres del catering para bodas, banquetes, bautizos y reuniones de empresa, además de conciertos de música sacra, canto gregoriano y corales góticas; mujer culta y cantante diletante, María ha prestado su iglesia románica privada para algunas grabaciones discográficas de alcance internacional. Invitada de honor por su buen juicio y sapiencia hotelera, Elena Valcarce planteó en los debates sensatos alegatos a favor de la rentabilidad en los proyectos arquitectónicos de riesgo, fruto de su actual desempeño en la entidad pública Segitur, responsable del portal de Internet Spain.info. Y repitió, como siempre, el arquitecto Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada, la casa de un servidor.

El enemigo de la Arquitectura de los Sentidos es la normativa turística que, además de insólita e intervencionista, es tan dispersa por su dependencia de cada comunidad autónoma que la hace ininteligible a los ojos del consumidor y difícilmente aplicable en ocasiones por los establecimientos hoteleros. Pero es un enemigo frágil, se comentó en los debates, dado el ejercicio indiscriminado que las autoridades turísticas hacen de la dispensa, exención legal facultativa de las direcciones generales de Turismo. Cuando la ley es burlada de esta guisa por la propia Administración su validez queda en entredicho. Lo que contradice con claridad la voluntad del legislador, seguramente poco versado en los principios de la lógica y la dialéctica. Si el objetivo de la Administración turística es fomentar una oferta hotelera competitiva por su singularidad toda homologación parece una antítesis de tal propósito. Los hoteles con encanto no pueden en consecuencia someterse jamás a la normalización de la Q de calidad. Muy útil, sin embargo, para los establecimientos seriados e impersonales, que también debe haberlos.

Una conclusión general de este epígrafe del debate fue la timidez del sector hotelero en pedir la derogación de la normativa turística. Si no la hay para restaurantes, comercios o actividades complementarias, no debería existir tampoco para los alojamientos turísticos, que deben regirse por las leyes de seguridad, higiene y competencia propia de otros ámbitos de la Administración. Y lo peor de esta normativa, subrayó Castillo Oli, es que cercena la creatividad de los arquitectos y el desarrollo artístico de la Arquitectura de los Sentidos. El arte de la hospitalidad no puede estar condicionado por una exigencia de metros cuadrados o de altura de los lavabos, igual que resulta un exabrupto la instalación de un ascensor en el interior de un castillo sin tener en cuenta los elementos históricos o estructurales. Más de un inspector de turismo despistado lo ha reclamado so pena de no conceder la licencia de apertura.

En lo que no hubo unanimidad fue en la consideración de la arquitectura como un concepto de primer orden en la industria hotelera, pero a veces sublimado en detrimento del bienestar. ¿Y qué es bienestar?, inquirió el propietario de la Posada del Duratón: «para mí, echarse al monte y disfrutar de la naturaleza». El arquitecto Castillo Oli matizó, sin embargo, que no hay un criterio único de bienestar, sino subjetivo, arraigado a la cultura de cada individuo y a sus deseos y emociones. Así, la Arquitectura de los Sentidos es también la arquitectura del bienestar donde, a veces, no se puede ni siquiera dormir de la propia tensión que provoca la belleza. Ocurre en los pabellones de Les Cols, en Olot, un hotel repetidamente sacado a colación en estas Jornadas por su originalidad y su carácter zen, que le ha valido el premio FAD de Arquitectura 2006. «¿Acaso no es un ejemplo de bienestar lo que hemos sentido hoy, todo el día sentados en la misma silla, sin moverse siquiera para ir al baño, en el interior de La Ruina Habitada? ¿Cabe mayor bienestar que la tensión de la emoción frente a los campos cultivados de Porquera de los Infantes, bajo la silueta del monte Bernorio, junto a una cocina que no es cocina, un lavabo que no es lavabo, una ducha que no parece ducha, un techo que no existe y un patio que no es patio, sino engaña?», sentenció Gregorio Sánchez. «¿Es que hay que dormir obligatoriamente en un hotel? ¿No se puede hacer otra cosa que descansar?», concluyó Jesús Castillo.

Algo cuestionable, empero, es el flujo de la moda en la arquitectura. Se observa en todos los ámbitos de la cultura y del consumo, y también en el de los viajes. La intervención de Elena Valcarce suscitó también algunas desavenencias entre los asistentes, algunos de los cuales criticaron la displicencia de algunos arquitectos en la construcción de sus hoteles. «Si elaboras un buen producto estarás protegido del tiempo. Los años no pasarán por ese edificio. Se ve en el clasicismo del Partenón, en la proporción geométrica de la Vila Rotonda», subrayó Castillo Oli. Y, en este sentido, la responsabilidad de los hoteleros es muy alta. «¿A que el jefe de cocina tiene instrucciones de comprar en el mercado la mejor merluza, la pescada de pincho, cuando el hotel quiere ofrecer los mejores servicios? ¿Por qué no se sigue el mismo criterio a la hora de seleccionar al arquitecto que va a diseñar el hotel y, casi siempre, se termina por recurrir a un conocido, al arquitecto local, al que pasaba por ahí o, peor, al que esté bien relacionado con el Ayuntamiento que ha de conceder la licencia de obras? Por rigor y por sentido común, es necesario seleccionar a los mejores arquitectos y asumir los riesgos formales, constructivos y conceptuales de un hotel que pretende ser distinto, original, único. Como hicieron los propietarios de Les Cols en su día, cuyo proyecto se expuso nada menos que en el MOMA de Nueva York», recordó el arquitecto de La Ruina Habitada. Judit Planella participó en la primera edición de estas Jornadas, en marzo pasado, y se refirió al estudio de arquitectura RCR (Aranda, Pigem i Vilalta).

Con frecuencia se confunde el formalismo con el concepto en una obra arquitectónica. Así lo expresó el propietario del hotel Santa Cristina, adoleciente tal vez de ciertos defectos conceptuales derivados de su buen gusto formal. «Era un antiguo cuartel de la Guardia Civil y qué podíamos hacer con esto…», puntualizó. En su respuesta salió a colación otro argumento reiterativo en estas Jornadas: el del gusto y la estética formal de los edificios. Conservar es una aberración historicista que se puso de moda en la década de los setenta, cuando parecía que el patrimonio monumental español se había degradado por moro de su abandono. Y la solución fue resucitarlo inventándose un pasado que no existió. Era la fiebre del monumentalismo, del rusticismo, de la tradición y del remedo a añejo. Cuando leo en un folleto que el hotel es fruto de una restauración en la que se ha respetado la arquitectura tradicional me pongo a temblar. ¿Qué pastiche será?, me pregunto. Los edificios del pasado no se deben respetar, a menos que se conserven como una pieza de museo. La arquitectura debe fluir sobre ellos, como el tiempo, dejando su pátina, haciéndolos evolucionar, reinterpretándolos, actualizándolos, como sucedió en la mezquita de Córdoba cuando decidieron emplazar en el centro la catedral. Gracias a aquella obra moderna, el bosque de palmeras que representan los arcos de Abderramán I, de Al Hakém II y de Almanzor se pudo conservar hasta nuestros días. Si no, la estructura habría cedido por su peso. Y, además, la propia mezquita fue construida sobre una basílica visigoda –de San Vicente– destruida antes por los musulmanes. Así se escribe la historia.

Otrosí digo: hay edificios históricos que no se pueden adaptar a nuevos usos hoteleros, por más que el propietario se empeñe. Los resultados son nefastos. Sucede, por ejemplo, en el parador de Lerma. Un palacio minorado en su configuración estructural por el interés en calzarle dos plantas de habitaciones que han cercenado los ventanales de la fachada o la circulación entre espacios o la canalización del claustro central. Y es que no todo vale. El riesgo que se corre a veces en estas actuaciones es convertir el edificio histórico en un parque temático, de cartón piedra, falso, como los de Santillana del Mar.

El broche de esta Jornada lo protagonizó Begoña Moral, dueña de El Convento de Mave, en un desayuno sensorial ofrecido el martes 26 en la logia de su hotel palentino. El advenimiento del verano sugirió un Festival de Frutas en el que se sucedieron con vistosidad y colorido las copas de zumos condimentados con notas exóticas. Primero se sirvió un cóctel de melón y hierbabuena con taquitos de jamón y aperitivos de galletas. Aguilar de Campoo y su industria eran evocados otra vez desde los platillos. A continuación, los asistentes paladearon una sopa de sandía con queso fresco acompañado de su zumo. Luego fue el sorbete de manzana verde, antológico en su consistencia helada, y las brochetas de frutas saladas con soja y miel, así como una infusión caliente de cítricos y pimienta en la retaguardia, aderezado de galletitas. Sin interrupción fue servido un chocolate frío con espuma de cerezas que agradó sin excepción a todos los comensales por su textura. Picotas y picatostes se mojaron en una taza de café de cápsulas Nespresso a gusto de cada comensal. El final lo puso una copa de champagne digestivo de melocotón. Todo amenizado por la selección acústica de Tito Linaje, ambientador musical de hoteles y colaborador de estas Jornadas de Arquitectura Hotelera.

Otra experiencia de estos Desayunos de los Sentidos que nos hacen recordar cuánto queda por hacer en la hotelería española. ¿Tan difícil es salirse del habitual zumo de plástico con bollería industrial, jamón seco, queso resecado y krispies a voluntad? ¿Acaso no hemos salido ya de los planes de desarrollo y las cartillas de racionamiento para soportar la gula de un bufé al por mayor? ¿No desayunamos mejor en casa que en cualquier hotel?

La respuesta, en la próxima edición de estas tertulias en La Ruina Habitada, el 24 de septiembre. Antes, los asistentes celebrarán otra Jornada de carácter práctico en un viaje colectivo al hotel Les Cols, acordado por decisión unánime.

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